Diario de Paqui: Día 12.

Batpaqui.

Querido diario,

Hoy siento que llevo capa y que Gotham City está a mis pies, aunque en realidad Gotham sea esta oficina con moqueta azul de los noventa y olor a tóner rancio.

​Mi jefe, ese gran maestro de la narrativa creativa y firme candidato al Nobel de Literatura de Ficción Corporativa, ha tejido un relato épico digno de Homero. Según él, con mi inglés de academia de barrio aderezado por ese engendro llamado Speexx, he salvado a la compañía de un apocalipsis financiero. ¿Mi gran hazaña? Sobrevivir a varias reuniones por Teams con un cliente internacional sin que se me cortara la conexión o el léxico. Y ahora, por lo visto, soy una experta, una «super gurú» de la preventa, una deidad de la consultoría capaz de evangelizar a cualquier cliente extranjero sobre cualquier tecnología, en cualquier huso horario y en cualquier momento del día. Una superheroína corporativa de los proyectos internacionales, vaya.

​¿La realidad? Pues que yo estaba allí, frente a la luz azul del monitor, rezando para que la webcam no enfocara el caos de cables y cajas de pizza de mi escritorio, mientras traducía mentalmente frases tipo “This is a very interesting project” a una especie de esperanto informático. Porque al final ya ni siquiera sonaba a inglés. Aquello era una amalgama de ruidos guturales y términos técnicos lanzados al aire como granadas de humo. Pero para mi jefe, la última reunión en inglés que lideré fue como romperle la columna al mismísimo Bane en mitad de Times Square. Un acto heroico digno de una ovación en la junta de accionistas.

Y lo mejor es que tengo una capa. Bueno, técnicamente es la mantita de cuadros del Primark que uso cuando el aire acondicionado decide que la oficina debe simular el clima de la Antártida, pero si la luz de los fluorescentes me da en el ángulo correcto, parece el mismísimo manto de Batman. Y no te voy a mentir, diario: ser una superheroína tiene sus ventajas. Mi jefe ahora me mira con una mezcla de admiración y miedo, como si en cualquier momento fuera a lanzar un Batarang contra la pantalla del PC, o como si temiera que en cualquier momento fuera a desaparecer entre las sombras para irme a la competencia, aunque el muy canalla sabe perfectamente que no tengo fuerzas ni para actualizar el LinkedIn.

​El problema es que esta aura de misticismo no viene con superpoderes reales. No puedo volar para evitar el tráfico, el saldo de la tarjeta de Edenred se me agota a mitad de mes y tampoco tengo superfuerza para lanzar el servidor por la ventana cuando se cuelga. Pero lo más importante y desgarrador: no puedo hacer aparecer dinero de la nada.

​Así que aquí sigo, diario, con la responsabilidad moral de ser la salvadora oficial de Atoussss. ​Hoy, sin ir más lejos, ha aparecido el temido “Señor de los Marrones de Última Hora”. Y ha hecho su jugada maestra: un cambio de requerimientos críticos a las 14:29, justo cuando el olor a mi tartera de pasta empezaba a invadir el cubículo. Pero el villano más despiadado, más frío que el Señor Frío y más retorcido que Enigma, es El Salario Estático. Un monstruo que no se inmuta ante mis hazañas y que parece alimentarse de mi ilusión.

Yo no busco una señal en el cielo con forma de donut de chocolate, aunque no estaría mal. Lo que yo busco es que la justicia llegue en forma de transferencia bancaria. Porque llevo más de quince años aquí, que se dice pronto. Demasiados años sudando cada línea de código y aguantando a jefes «creativos» que creen que la informática de gestión se arregla con una sonrisa y palmaditas en la espalda. Ni una subida, ni un céntimo, y ahora resulta que soy la heroína que salvó la empresa. ¿Cómo encaja eso? Ni Alfred podría darme una explicación razonable.

​Pero aquí viene el verdadero golpe de realidad, querido diario. A veces me miro en el espejo del baño de la oficina y me doy cuenta de que soy una verdadera heroína, pero no por las paridas corporativas que suelta mi jefe. Soy una heroína por todos los años que llevo con el sueldo congelado. Ni una miserable subida de IPC, ni un pequeño gesto de «gracias por no haberte ido todavía» o “gracias por ser la tontalaba que me ayuda a pagar mi cochazo”. Porque, mientras mi jefe me cuenta historias épicas sobre mis hazañas internacionales, yo hago malabarismos mentales cada vez que voy al supermercado. He visto cómo el aceite de oliva se convertía en un artículo de lujo y cómo la factura de la luz subía más rápido que mis ganas de dimitir, mientras mi nómina sigue anclada en una cápsula del tiempo de hace una década.

​He perdido un poder adquisitivo brutal. Todo está muchísimo más caro que cuando empecé a trabajar en Atoussss, y yo sigo estirando el mismo dinero para cubrir una vida que cada día cuesta el doble. Sobrevivo como puedo, racionando los caprichos y parcheando mi economía igual que parcheo el servidor los viernes por la tarde.

​Así que sí, querido diario: soy una de las muchas “Caballeras” Oscuras de esta empresa. Pero no por salvar cuentas internacionales, sino por conseguir llegar a fin de mes en un mundo que no deja de subir de precio mientras mi sueldo se ha quedado igual de petrificado que la decoración rancia de esta oficina. Y eso, querido diario… eso sí que es un p*to acto heroico.

​Atentamente, tu incomprendida y precaria heroína,

Paqui.

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