El salario emocional o una mierda de salario.

Aunque ya mencionamos en un anterior artículo al mal llamado “salario emocional”, cada vez es más común encontrar ofertas de trabajo que resultan ofensivas a la inteligencia y a la dignidad. Basta darse un garbeo por cualquier web o red social dedicada a la oferta de empleo para encontrar auténticas barbaridades.

Las empresas nos ofrecen buen ambiente de trabajo (gracias por no meternos en un cuchitril en zona de guerra), días libres (lo cual es un derecho) y conciliación familiar (otro derecho). ¿El sueldo? En muchos casos, una falsa media jornada con la que logran pagar por debajo del salario mínimo. Al final, el mensaje que nos lanzan las empresas es el siguiente: “voy a respetarte como persona y voy a aceptar algunos de tus derechos laborales más básicos, pero el sueldo será una auténtica basura porque tengo mucha gente esperando en la puerta”.

Con el salario emocional no se puede ir al supermercado. En realidad, ponerle el nombre de salario como si fuera un complemento es la última trampa de un neoliberalismo al que no se le puede negar su dosis de creatividad. Igual que llamaron “nesting” a quedarse en casa sin salir por no tener un maldito euro o “job sharing” a tener a dos personas trabajando en un puesto al precio de una. La pobreza está en auge y los medios de comunicación de masas intentan convencernos de que es una moda poniendo nombres en inglés a todo lo que apesta o, según su moda, “stinks”.

Las empresas nos quieren pagar en salario emocional lo que no nos pagan en salario real, aquel que se suma a la cuenta corriente. Y no es que despreciemos las buenas condiciones laborales o el ambiente de trabajo, algo que se conseguirían en muchos casos con simplemente cumplir la ley, es que, sencillamente, la compañía de la luz no permite otra forma de pago que no sean los euros. Con cada año que pasa, las personas trabajadoras pierden más y más poder adquisitivo, esto es, viven peor y con más pobreza. El precio de las cosas no deja de subir mientras que los salarios se estancan o, directamente, descienden.

No tenemos que irnos muy lejos para ver el ejemplo de nuestra “querida” Atos, en la que ya va para veinte años que no hay un acuerdo de subidas para toda la plantilla. Y no nos valen las subidas de convenio, porque hay mucha gente a la que, con el truco del Complemento Personal Convenido, estas subidas no les repercuten nunca. Eso sí, a nuestra CEO se le llena la boca de “la plantilla es lo primero” y “como pensamos solo en las personas” cada vez que nos suelta su perorata en los All Hands.

Ahora a cualquier persona le cuesta más del doble de su tiempo de trabajo el comprar una vivienda que hace 30 años. Si antes eran 3 los años de sueldo que hacían falta, ahora son más de 7. El alquiler, a su vez, no ha dejado de subir en este tiempo, por lo que el acceso a la vivienda se lleva gran parte de nuestros recursos. Vivir para trabajar, simple y llanamente; cosa que el capitalismo intenta compensar con unos zumos en la oficina y un fin de semana de escapada para jugar al “paintball”.

Hay que estar atento a cualquier cosa que una empresa nos regale, porque puede ser una trampa. Mucha gente se pregunta a veces «¿por qué ese dinero que se gastan en una cena para la plantilla o en una salida a “hacer equipo” (obligándonos además a ceder nuestro tiempo libre a la empresa) no nos lo dan en dinero para nuestro salario?» La respuesta es muy sencilla: saldría mucho más caro y, además, porque subir un salario implica reconocer un mayor valor de la persona que trabaja, a la que habitualmente se la intenta convencer de que su aporte en mano de obra no genera tanto dinero, para así no tener que asumir una subida de su sueldo. Lo cierto es que el salario emocional se ha convertido en una trampa para apretar en la precariedad laboral. La mayoría de la gente no quiere detallitos monos en la oficina ni jugar al billar en un descanso. Con que se respetaran sus derechos básicos y un salario digno bastaría. Si no nos amenazaran con echarnos al coger una baja, si no preguntaran a las mujeres si quieren tener descendencia en las entrevistas, si no nos obligaran a echar horas extras sin remunerar, etc., podríamos empezar a hablar del salario emocional. Mientras, es una excusa barata para seguir explotándonos y distrayéndonos de lo fundamental: nos pagan poco y nos explotan mucho, y esto no va a cambiar si las personas que trabajamos no les obligamos a que cambien.

Y es que no hay salario emocional más enriquecedor que el que se consigue al luchar por nuestros derechos.

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