Diario de Paqui: Día 11.

Nostalgia y código en extinción.

Querido diario,

Hoy, mientras compilaba por enésima vez un código que parecía haber sido maldecido por algún ente maligno, me vino un pensamiento que no he podido sacarme de la cabeza: el oficio de informática se está yendo al garete. Esta profesión, que antes tenía su mística y su respeto, ahora está más devaluada que mi autoestima después de intentar hacer ejercicio con ropa apretada. Sí, querido diario, lo que antes era un arte, un trabajo que exigía ingenio y creatividad, ahora parece una cadena de montaje donde las palabras mágicas son “plazos imposibles” y “tickets interminables”.

Recuerdo cuando empecé, llena de ilusión y con un portátil que pesaba más que una tortilla de patatas de 12 huevos. Ser informática era casi poético. Resolver bugs era como descifrar un enigma; cada línea de código tenía algo de nosotros, iba acompañada una especie de firma invisible, tenía alma. ¡Ah, qué tiempos! En esa época, las personas que desarrollábamos código éramos tratadas como alquimistas del siglo XXI. Nos daban tiempo (¡tiempo, querido diario!) para pensar, probar y mejorar. ¡Tiempo hasta para equivocarnos! Ahora, lo único que recibimos son plazos ajustados, miradas de “esto debería estar hecho para ayer” y nóminas congeladas incluso para la implacable y cruel subida del IPC.

El oficio se ha convertido en una fábrica de churros, pero no de los buenos, sino de esos resecos que venden en las gasolineras. Los responsables de las empresas van a lo suyo, los plazos son imposibles, los requisitos absurdos, y el único reconocimiento que recibimos es que el sistema no se caiga (pero, querido diario, a veces pienso que si dejara caer el servicio tal vez así entenderían mi valor, aunque solo fuera como villana). Y mientras los jefes hablan de «innovación» y «transformación digital», lo único que transforman son nuestros niveles de estrés y nuestra valía en un almacén de sueños rotos.

¿Y qué decir de las reuniones de trabajo? Antes, una reunión técnica era un intercambio apasionado de ideas, donde todos queríamos mejorar el sistema y evitar la catástrofe del próximo despliegue. Ahora son una maratón de slides llenas de palabras rimbombantes como «sinergia» y «automatización escalable». No importa si entiendes algo; lo importante es que asientas y finjas que todo está perfectamente claro. Y mientras ellos hablan de KPIs y SLAs, yo pienso en el bocadillo que me espera en la mesa y en mi mantita para ver la tele. Porque, como piense en mi nómina o en lo poco valorada que estoy en esta empresa, sé que acabaría metiendo la lengua en los agujeros del enchufe al que tengo conectado el portátil.

Pero lo peor, querido diario, es que la pasión por este oficio también se está diluyendo. Hoy en día, a los recién llegados les venden cursos exprés de programación y les hacen creer que ser informático es el camino directo a la fama y la fortuna. Luego llegan, chocan de frente con la realidad y terminan desmotivados, copiando soluciones de Stack Overflow, como si eso fuera toda la magia que una vez tuvo este oficio. Y no los culpo. Entre sueldos congelados y un mercado laboral que te pide ser experto en diez tecnologías diferentes antes de los 30, ¿cómo no perder la ilusión? ¿Cómo no van a entrar en decadencia absoluta empresas como esta si las personas que las forman solamente reciben palos?

A veces, mientras escribo código, cierro los ojos y me transporto a esos primeros días en los que todo parecía tener sentido. Cuando las oficinas no eran solo espacios grises llenos de correos pendientes, sino lugares donde las ideas nacían y se celebraban. Y aquello, por supuesto, se traducía en prosperidad y en éxito en el mercado. Ahora, lo único que celebramos es que el sistema no se haya caído a las nueve de la noche.

Pero, en fin, aquí sigo, resistiendo como el último bastión de una informática con alma, escribiendo código con cariño y repasando con nostalgia esos tiempos que quizá no volverán. Porque no todo es malo, querido diario. A veces, en medio de la miseria laboral, aparece un pequeño rayo de luz: ese bocadillo perfecto que te salva el día, ese café que sabe a gloria o esa mirada cómplice con una compañera cuando el jefe dice alguna parida como «vamos a ser disruptivos». Sí, querido diario, puedo soportar el declive del oficio, pero que no me quiten mis churros para desayunar o mi croqueta a media mañana. Porque, si la informática se va al garete, al menos que me pille con el estómago lleno.

Con tristeza, nostalgia y un poco de hambre, Paqui 🧑‍💻☕🍞

1 Comment

  1. sinergias, kpis, slas, proactividad… jajajajaja si me dieran un euro por cada vez que he oído estas palabras en los ultimos 25 años, no necesitaría trabajar más…

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